jueves, 16 de enero de 2014

"Llega correo: Carta nºIII de Diario de un M.I."

               


   No solo me encargo de repartir y recoger cartas a los menores, muchas veces también llevo cartas al personal que trabaja en las oficinas del Centro de Menores, dirección, coordinadores, psicólogos, administrativos etc… Uno de esos días que iba a entregarle cartas al director, tuve que esperar en el pasillo, ya que andaba ocupado en una reunión. Los oídos afinados de este veterano cartero, captaron como hablaban de un informe del I.N.E (Instituto Nacional de Estadística) o algo así, que decía que se inscribieron en los juzgados españoles unas 30.000 infracciones cometidas por jóvenes. En su mayoría delitos de robos, seguidos de lesiones y los delitos contra la seguridad vial. Que por sexo los chicos cometieron el 85% y las chicas el 15%.
    También decían que lo jueces adoptaron unas 24.000 medidas, las más frecuentes fueron la libertad vigilada, la prestación en beneficio a la comunidad e internamiento en régimen semi-abierto. Y que en el último año las condenas a menores habían aumentado en 3.400.
    Suficientes cifras, pensaba yo, para realizarnos preguntas y comenzar la búsqueda de nuevas soluciones. Porque hay algo que obviamente un informe no puede reflejar, el sufrimiento de tantos jóvenes, familias y por supuesto las victimas de dichas infracciones.

                                       DIARIO DE UN M.I. ( Carta nº III )

  Querida  amiga Nany:

   Desde que recibí por sorpresa tu carta, no he podido dejar de escribir. Me has dado el empujoncito que me faltaba, el aliento y las alas. Por aquí apenas han cambiado las cosas, bueno nuestro compañero Manuel (el gitano) ha pasado de módulo lo que nos alegra mucho aunque Cristóbal y yo lo echamos mucho de menos, ¡Ah! Y dicen que no te preocupes que cuidan bien de mí (no obstante con lo que soportan ellos tienen ya suficiente). Pero hoy no te quiero aburrirte con las cosas del Centro, sino regalarte mi segundo gran secreto, aquel que jamás revelé a nadie… Mi Vida:
   
    Nací en un pequeño pueblo de la costa mediterránea, rodeado por  un rio donde en su muelle  paseaban y dormían cientos de barcos pesqueros. Siguiendo el litoral, lindas playas en las cuales visitaban con sutil belleza las olas verdi-azules de la bahía, el círculo lo completaba un extenso pinar adornado con matorrales e interminables dunas de arena. Bonito lugar para nacer un niño ¿verdad?, la brisa del mar, los sonidos infinitos del bosque y el penetrante aroma a vino. Sí, es que mi primera casa estaba rodeada de antiguas bodegas en donde guardaban viejas barricas de roble que escondían con solera los secretos de la vid. La casa estaba situada en el centro del pueblo, bueno más que casa, la habitación. Cuando mis padres “decidieron” tenerme disfrutaban de nuestra edad. Mi madre, María, una joven morena, poco habladora, era la octava de trece hermanos y mi padre, Abraham, un año mayor que ella, chico fuerte, de pelo largo, marinero desde los catorce y también de familia multi-numerosa. Como imaginas no contaban con muchos recursos, aparte de la ilusión y el amor propios de la adolescencia, así que esa habitación alargada, cuya puerta y dos ventanas daban a un patio de vecinos, era nuestro hogar.
      Son pocos los recuerdos que tengo de la infancia, me invaden como flashes destellantes cuando voy a dormir o me encuentro solo. Así que tengo que hacer algún que otro esfuerzo para poder escribirte mi historia. Sin embargo hay algunos que están gravados a fuego en mi interior,  son los que pretendo borrar o aprender a convivir con ellos.
      Los padres no suelen saber ciertamente cuando sus hijos empiezan a tomar verdadera conciencia de lo que les rodea. Por ese motivo algunas veces hablan y actúan delante de ellos como si no se enterasen de nada, tal se tratasen de un mueble más.

      Uno de esos flashes que martillean mi cabeza es de cuando tenía 4 o 5 añitos. Después de un gran día de juegos en el patio con mi vecino de enfrente, de mi misma edad, Víctor y mi prima Mimi que vivía escaleras arriba, a la izquierda de la azotea donde tendían todas las vecinas, había llegado la noche y mientras intentaba conciliar el sueño en mi habitación, fue cuando a través de las cortinas que me separaban de la de mis padres, oí como decían:

-          -Cariño ya sabes que no volveré hasta dentro de dos o tres meses, según se dé la pesca - decía mi padre con voz grave a mi madre - Así que esta noche tendrás que dármelo todo.
-          -Claro que si tonto te lo daré todo, pero antes hazte otro cigarrito de esos que sabes cómo me ponen – le contestó mi madre.
-          -¡Mami! ¡Mami! no puedo dormir ¿voy a tu cama? – dije con miedo y la sensación de no comprender lo que pasaba al otro lado de la habitación.
-          -Chusssss, Tú a dormir – sentenció mi padre de un grito en medio del silencio de la noche, que me recorrió todo el cuerpo – Joder con el niño este.
-          -No seas bruto… Duérmete hijo que es muy tarde – me dijo mi madre intentando calmar mis ánimos como si no ocurriese nada – Anda sigamos a lo nuestro, toma una caladita y ven aquí…

     Cerré los ojos sollozos bien fuerte, escondí la cabeza bajo la almohada adentrándome en un mundo imaginario que empecé a construir a mi agrado. Poco a poco el sueño se iba apoderando de mí, acompañado por el fuerte olor y el humo que traspasaban aquellas cortinas.

     Por hoy creo que es suficiente. Ya me contaras que piensas. Espero que el cartero  traiga pronto noticias tuyas. Cuídate un fortísimo abrazo de tu amigo Akram.

P.D. (Gracias por tu apoyo, tus palabras y tu poesía, que me gustó mucho, así que no te avergüences, tienes buen gusto para escribir, no lo dejes)


“LO QUE NECESITA ESTE MUNDO ES UN CAMBIO DE RUMBO, HACIA LA LIBERTAD”